viernes, 25 de julio de 2008

Isaak Babel

"Cuentos de Odessa"

Evocado por Carlos.

Traigo un fragmento de “Cuentos de Odessa” un libro de cuentos de Isaak Babel, con la mafia judía en Odessa como tema principal. Como saben ustedes, el autor fue un escritor judío mimado por Máximo Gorki, quien le aconsejó darse un voltio por la vida, para tener experiencias y, así, algo de lo que escribir; nuestro hombre se alistó en la caballería cosaca, donde sirvió como soldado en 1920. Aquella aventura se tradujo en su obra más conocida: “La Caballería Roja”. Babel cayó en desgracia y el régimen estalinista lo metió en un campo de concentración, del que nunca salío.



«El entierro tuvo lugar a la mañana siguiente. Puede preguntar por aquel entierro a los mendigos del cementerio. Pregunte también a los criados de la sinagoga, a los vendedores de aves o a las ancianas del segundo asilo. Entierro como aquél no lo había visto aún Odessa ni lo verá el resto del mundo. Los guardias municipales lucieron aquel día guantes de hilo. En las sinagogas, cubiertas de verdor y abiertas de par en par, ardía la electricidad. Sobre los caballos blancos que tiraban de la carroza se balanceaba un negro plumaje. Sesenta cantores abrían el cortejo. Los cantores eran niños, pero cantaban con voces femeninas. Los jefes de la sinagoga de los vendedores de aves conducían del brazo a la tía Pesia. Tras los jefes iban los miembros de la sociedad hebrea de dependientes de comercio, y a continuación, los abogados, los doctores en medicina y las enfermeras-comadronas. A un lado de tía Pesia se encontraban las gallineras del Mercado Viejo; al otro lado, las respetables lecheras de Bugaievki envueltas en anaranjados chales. Esas mujeres pisaban con la firmeza de los gendarmes en la revista de un día de fiesta nacional. Sus anchos muslos exhalaban aromas de mar y de leche. Detrás de todos, seguían desmadejadamente el cortejo los empleados de Rubim Tartakovski. Eran cien personas, o doscientas, o dos mil. Llevaban levita negra con solapas de seda, y botas nuevas que gruñían como lechones en un saco».